MIRADAS

Una vez pasados los amargos días (amargos por no poder contemplar a nuestros Benditos Titulares por las calles de nuestro pueblo) de esta atípica Semana Santa 2021 y habiéndose posado en el fondo de mis sentimientos los posos turbios del desencanto, la impotencia y la desilusión, quise hacer esta humilde reflexión de cómo pude contemplar el estado de ánimo de las personas que me rodeaban, cofrades o no, en esos día aciagos. Y lo quise hacer desde el punto de vista de sus miradas, ya que era imposible, por la tortuosa y sin embargo necesaria obligación de llevar mascarilla, fijarte en el resto del rostro. Y, sinceramente, no hay mal que por bien no venga, ya que como se dice: los ojos son el reflejo del alma y nunca fue tan cierto este dicho.

Pude ver los sentimientos que escondían esas miradas, desde la que reflejaba impaciencia por ver a sus Titulares y que con paciencia y respeto esperaban largo tiempo en colas interminables para acceder de manera segura a los templos, como las de la soberbia y la ignorancia de los típicos “personajillos de Cuaresma” que se creen con derecho a ver a nuestras Benditas Imágenes sea la hora que sea y cuando ellos digan sin respetar los horarios ni los cultos propios de estas fechas y teniendo todo un año para hacerlo.

Pero quiero recalcar que fueron hecho aislados que para nada enturbiaron los actos que las distintas Hermandades realizaron en sus respectivas Sedes Canónicas, siempre con el mayor grado de responsabilidad hacia la seguridad de todos quienes asistieron a los mismos.

Familias enteras deseando ponerse delante de nuestros Titulares para rezarles y pedirles por quienes perdieron la batalla y por quienes han luchado para salir de ella victoriosos. Por todos esos abuelos que ya nunca podrán abrazar a sus nietos. Por todos esos valientes que han luchado por sacar adelante a tantos enfermos desgastados por la enfermedad y que, incluso, dieron su vida por este empeño.

De ahí esos ojos vidriosos, en algunos casos, o esas lágrimas infinitas recorriendo sus mejillas en la mayoría de ellos. Hermosa y dura experiencia a la vez, pero que me ha enseñado a que la fe mueve montañas y que una simple visita, postrarse a sus plantas, hablarles, rezarles o contemplarlos en silencio ha sido la mejor de las terapias para poder seguir haciendo frente a esta mala pesadilla que, con la ayuda de Dios, superaremos.

Cuando todo esto pase, os invito a que sigamos mirándonos a los ojos, a demostrar nuestros sentimientos a través de una mirada, y que esa mirada sea la del cariño y la amistad. Es mi deseo más ferviente y les pido a Dios y a su Santísima Madre que así sea.

Eduardo J. González Gómez de la Mata

Autor: Eduardo González Gómez de la Mata
Cofrade y cristiano comprometido, amante de la Semana Santa y de todo lo que a ella la rodea, pregonero, exaltador, costalero, capataz, Hermano Mayor de su Cofradía de la Esperanza, formó parte de la junta permanente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías
15 de abril de 2021, 22:03