PERDÓN

Ya cayó la tarde hace mucho tiempo.

Ni siquiera, aunque quisiera, vislumbraría esos rayos del sol de marzo por las rendijas de la persiana. Hoy no. Y no es que el sol no brille, pues una nube no veo, tampoco es que quiera ver una nube a las puertas de que la primera cruz toque el pavimento, no te voy a gafar, amor mío. Hoy ha salido el sol pero yo no lo veo. Y tampoco es que me haya escondido en un rincón oscuro de mi casa, entre las tinieblas del miedo, de la timidez, de la cobardía.

Y se hizo la noche y aún no amanece.

Yo quería que fuese un eterno Domingo de Ramos y aquélla tarde me hiciste creer que lo sería. Pero la tarde dejó paso a la penumbra. Ya nunca más supe encontrar la felicidad en lo sencillo de tus tardes, ésas de cera requemada, de risas más jóvenes y que ahora o no están o ya no son tan jóvenes. Me dejé llevar por la facilidad que me brindabas, por ser feliz con un viejo paño lleno de limpiaplata en mis manos, incienso consumiéndose en un cenicero en la ventana y alguna que otra herida en mis dedos provocada por las tulipas que había roto aquella tarde.

Y en la oscuridad, la angustia.

Ya sabía yo que lo nuestro no sería eterno, que la tarde sería noche. Yo me iría y aquél Domingo de estrenos, mi gente seguiría estrenando, y estrenando sonrisas. Nadie se para. Daba igual lo largo de mi singladura, sabía que tú no te detendrías. No te abandoné, como un remordimiento al que intentas olvidar y lo guardas bajo llave en el último rincón de la memoria. Dios me brindaba una nueva esperanza, tras el trauma de nuestro alejamiento, el gesto risueño de una urbe que me regalaba un abrazo con una flor de azahar delante y un compendio de espinas detrás. Yo no estaba contigo pero cada Semana Santa volvía para verte, a recordar contigo lo feliz que éramos esos años, tú escuchando paciente y yo relatando mis penas, alegrías o desalientos con ese egoísmo que caracteriza a los descastados.

Y en esa nueva luz, la esperanza (y el desasosiego)

La urbe me tendió la mano y yo directamente me acurruqué en ella, me perdí en sus encantos. Sabía que ya no era aquél impúber que se emocionaba, a orillas de dos mares, con ésas tradiciones que habían marcado el destino de mi vida. Y sin querer queriendo, me convertí en una sombra que vagaba entre el disparate de la primavera. Sí, sí, esa primavera que empieza de punta en blanco en el parque de María Luisa y acaba con los castellanos llenos de barro un jueves de feria por la mañana. Lo comprendí todo. Aquélla tarde no había muerto, pues había amanecido en un renacer de sentimientos.

Te has vestido de tonos cálidos. Amanece.

Ahora que comprendo como es esto entre tú y yo puedo hablar claro. Sevilla me dio el amor, yo lo traía conmigo ciertamente, pero Sevilla me lo ofrecía a granel y yo me serví con ansia. Me lo dio en forma de locura primero. Luego me prestó una gubia para que convirtiera la locura en serenidad aunque la gubia se resbalara de mis inquietas manos. Ya no supe qué hacer. Era como si la felicidad de las cosas sencillas volviese aunque todo hubiese cambiado. De nuevo, me dejé llevar. Me dejé llevar por ella, pues Sevilla se ofrecía cada día a ser mi testigo, de lo que pasaba entre ella y yo. ¿Cómo no caer en el encanto de esa mirada? ¿Cómo no iba a ser yo el necio que lo dejaría todo para tener tiempo de aprender a amarla? ¿Cómo voy a mirar de nuevo a la Esperanza de Triana si ella me habló de la Esperanza? ¿Cómo volver a los pies de la Señá Santana si ahí la conocí verdaderamente? Querida Sevilla, tú me diste el amor y nunca serás la misma si una vez te miré con ojos enamorados. Ciudad eterna, locura eterna.

Y en la luz, la eternidad.

Amor mío, aquí estoy, para seguir amando. En la anarquía de mis sentimientos se puede poner orden. Pasó la locura, tú me diste la serenidad. Ya no fui el mismo. Ahora comprendo que todo es amor y el amor es inexplicable, pues al fin y al cabo, todo es un poco inexplicable. Ya no espero la edad para vestir faja y costal, ahora la espero para ejercer otros menesteres más terrenales, puede que sin esa inocencia pero con la misma ilusión. Y es esa ilusión la que me hace volver siempre. Entre pesares, reflexiones y encrucijadas varias quiero pedirte perdón. Mil veces perdón querida española y gaditana por haberme entregado al amor lejos de ti. Por tener el corazón dividido, pero ¿sabes qué? Este domingo vuelvo a estar contigo porque ni los siete euros y pico del peaje nos separan. Ni eso, ni nunca absolutamente nada, amor mío.

JUAN PEDRO MENDOZA MEJIAS

La Línea de la Concepción, 20 de marzo del año del Señor de 2016, Domingo de Ramos.

Autor: Juan Pedro Mendoza
20 de marzo de 2016, 10:50