Quo nomine vis vocari?

La crisis económica latente y la crisis de valores, discutida tanto el contenido como el fin que ha de perseguir el descontento social derivado de ésta, se ha instalado en la conciencia diaria de los ciudadanos de un país que manifiesta achaques a diario de toda índole. Achaques de unas patologías que son tratadas por unas instituciones que incluso no pueden asegurar un diagnóstico acertado y mucho menos un tratamiento efectivo. La sociedad parece encauzada cada vez a un acuerdo mayor en la existencia de una crisis de valores, pero las diferencias ideológicas, diferencias en la concepción de los valores sociales que manifiesta nuestra sociedad o diferencias morales en una sociedad en la que en torno al 70% se declara católico, ya sea practicante o no, dificulta el concilio de la ciudadanía, a pesar de esta mayoría católica. Los católicos jugamos un papel fundamental en el desarrollo de los juicios mediáticos a los que sometemos el día a día de lo que se gesta en las esferas políticas, al menos lo que de buena o mala fe nos es mostrado. También en el ámbito de la moral, o de esta serie de valores sociales, participa la opinión de esta gran masa de ciudadanos que profesan la fe católica.

Crisis económica y crisis de valores, son conceptos pertenecientes a dos ámbitos distintos, ámbito de la política y ámbito de la moral respectivamente. Son ámbitos diferenciados pero que tienen siempre un punto de coincidencia que los complementa. No se puede considerar admisible en un Estado de Derecho moderno que el ámbito de la moral influya masivamente en el de la política, debiendo respetar siempre la pluralidad de creencias e ideales de los ciudadanos. No es nuestro fin que la moral católica acapare ese ámbito político sino, a través de nuestros actos, ser testimonio de que el ser humano puede ser bondadoso en muchas ocasiones. Abandonada la idea de que podemos cambiar el mundo a las bravas podríamos plantear que, a lo que sí podemos aspirar los católicos es a cambiarlo desde las posibilidades individuales de cada cuál y en lo colectivo, desde las posibilidades de grupos como nuestras hermandades y cofradías.

El Decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, promulgado en el Concilio Vaticano II, acudimos a este documento en materia específica respecto al asocianismo regulado en el Código de Derecho Canónico, reconoce que: »Procuren los católicos cooperar con todos los hombres de buena voluntad en promover cuanto hay de verdadero, de justo, de santo, de amable (Cf. Fil., 4,8). Dialoguen con ellos, superándolos en prudencia y humanidad, e investiguen acerca de las instituciones sociales y públicas, para perfeccionarlas según el espíritu del Evangelio.» Como asociaciones de fieles estamos llamados a mejorar nuestra sociedad, a regenerarla, verbo muy utilizado actualmente por las múltiples voces que llaman a este cambio. ¿Qué papel jugamos como asociaciones de laicos? El mismo Decreto da respuesta a esta pregunta, que en su sola formulación, produce cierto desapego a estas ideas de apostolado de algunos sectores dentro de nuestra hermandades y cofradías: »Las asociaciones del apostolado son muy variadas; unas se proponen el fin general apostólico de la Iglesia; otras, buscan de un modo especial los fines de evangelización y de santificación; otras, persiguen la inspiración cristiana del orden social; otras, dan testimonio de Cristo, especialmente por las obras de misericordia y de caridad.» (Ib. 19). No son las hermandades un fin en si mismas, son parte de la obra que tiene la Iglesia encomendada desde su fundación. No hemos de olvidar nuestra identidad cristiana y nuestra identidad como grupo de creyentes de entes de Derecho Público canónico. Sectores que de diversa forma han ido gestando una idea sobre la Iglesia en los hermanos de diversas cofradías, pueden caer en la tentación de creer que las hermandades son objeto para alcanzar fines variados, y a veces, alejados de toda fundamentación teológica o jurídica, dando la espalda a la esencia primera con la que fueron creadas.

Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem? en español »¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?» es la fórmula en latín con la que se le pide el consentimiento al cardenal que ha sido elegido por el colegio cardenalicio en el cónclave. Tras dar su consentimiento se procede a una nueva pregunta: Quo nomine vis vocari? o »¿Con qué nombre deseas ser conocido?» Pregunta a la que recientemente el aún cardenal Bergoglio respondió: Vocabor Franciscus. Este antiguo rito tiene fundamentación teológica en el Evangelio: »Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.» (Mt 16,18) Jesucristo le cambia el nombre a Simón para que sea signo de la nueva misión que le encomienda al frente de la Iglesia, Pedro o Cefas ha de ser la roca visible de toda la Iglesia universal. Al igual que aún se conservan ritos inspirados en el Evangelio, en la propia vida del Señor, nosotros como miembros de hermandades y cofradías, debemos extraer las directrices marcadas por la Santa Sede a nuestra propia labor apostólica dentro de este tipo de asociaciones de laicos. Estas directrices no son meras voluntades de la curia romana, sino son la forma en la que se rige, a través del espíritu del Evangelio, nuestra Santa Iglesia. Desde el Concilio Vaticano II somos aún más protagonistas en el desarrollo de la vida de la Iglesia y debemos ser conscientes de nuestra labor apostólica.

En plena crisis económica y de valores, es muy llamativa la forma en que muchas juntas de gobierno tienen preocupaciones de índole material que colman los esfuerzos de los oficiales de forma casi exclusiva. Es aún más llamativa la forma en que el hermano de a pie ve a las hermandades como simples medios para la protestación pública de fe, muchas veces sostenida por estos sectores  más por principios folklóricos que propiamente devocionales. Los preceptos tratados, como fundamentos de las asociaciones de laicos, tienden a ser considerados simples adornos de las normas regidoras de las hermandades impuestos por esa »lejana alta curia». La formación y la caridad han sido relegadas a un segundo plano en muchas ocasiones, cuando los actos de caridad en plena crisis económica son más importantes que nunca, y cuando la formación en valores católicos puede ser la salvaguarda de nuestra identidad en una sociedad que atraviesa tal crisis de valores. Como asociaciones con un componente de manifestación pública importante, debemos ser ejemplo de vida de Iglesia, tanto para el resto de fieles como para los ciudadanos en general.

Con la llegada de Francisco a la silla de San Pedro cargado de buenas sensaciones mediáticas, con una declaración de intenciones propiciada por su propia procedencia en los inicios de su sacerdocio, y lo que parece una nueva forma de entender un pontífice los problemas sociales que azotan nuestra sociedad podría ser capaz de calar en ese cofrade que parece desapegado de la Iglesia, si puede llegar a conciliar dos problemas actuales en las hermandades:  La cercanía de la alta jerarquía eclesiástica a los fieles cofrades y la importancia de la olvidada labor pastoral como cofrades, reguladas y alentadas sobre todo desde el concilio que convocara Juan XXIII.

JUAN PEDRO MENDOZA MEJIAS

 

 

Autor: Juan Pedro Mendoza
20 de marzo de 2013, 0:46