NAZARENOS

NAZARENOS

Muchos nazarenos, como una danza de espíritus, agitan los fuegos fatuos de sus luces vacilantes y rojizas, mientras avanzan en interminables hileras, silenciosos y sombríos, detrás de los “pasos”.
La cola de sus túnicas, larga como la historia de los pecados, se arrastra en práctica de penitencia, lamiendo el polvo del camino para confesar su humildad. Los capirotes se elevan, al cielo como una aspiración. Son una imagen de nuestra vida que empieza en el polvo y se eleva hasta el infinito; que se arrastra en la caída y se yergue en el arrepentimiento; que se hunde por el extremo de su ser interior en el lodo de la materia y dirige los anhelos de su espíritu al atractivo insondable del éter azul
Un nazareno pregona fe, penitencia, amor, modestia, recogimiento. Camina, escondido en el castillo interior del capirote, para no ser visto de los hombres. En su aislamiento, cuenta anónima del rosario procesional, recorre la vía devota reposada y solemnemente. Y los pasos de su cuerpo son otros tantos de meditación en su conciencia. Y su cabeza se detiene al mismo tiempo que sus pies en la senda del pensamiento y de la expiación. El mundo se agita, bulle, hierve en torno suyo; él se aquieta en la paz eremítica que le crea el aislamiento de la túnica. Una luz más intensa que la brilla en sus manos arde en su alma. Al caminar detrás de las sagradas imágenes de la Pasión, recorre acaso con la memoria la trabajosa vereda de sus propias amarguras y siente el santo deseo de besar el polvo, como la cola de su túnica, para imitar en lo posible al Divino Maestro de todas las redentoras humillaciones; tal vez quiere sepultar para siempre en el lodo que tan a menudo le manchó, la carga hedionda de sus viles miserias. Al mismo tiempo, su amor a lo infinito, se sutiliza y pudiera decir que se escapa de la cárcel donde le tiene preso la ley de la gravedad; se encuentra en el cono (capirote) agudo que sirve de remate a su hábito, y se eleva hacia el cielo, desde su punta afilada, como una columnita de incienso invisible.
El nazareno simboliza todas las atracciones de la eternidad y todas las bajezas de la vida presente; todas las altas concepciones y todos los abismos sin fondo hasta lo que tan pronto trepa valerosa como se precipita cobarde nuestra frágil naturaleza.

Eduardo J. Rodríguez Garcia

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Autor: Eduardo J. Rodriguez Garcia.
10 de abril de 2015, 23:31