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ALMA

30 octubre de 2018 / Juan Pedro Mendoza

ALMA

No es un secreto que con los ojos cerrados se perciben estímulos que pasan normalmente desapercibidos. Una cofradía, en su portentosa puesta en escena es, en definitiva, un surtidor terrenal de estímulos divinos. Es la mayor visualización de los pasajes finales de la vida de un hombre que todos conocemos. O al menos, creemos, queremos creer y nos gustaría tener la certeza que lo conocemos. El católico cofrade es aquél que dedica su vida a una, o varias,  hermandades que con primera luna llena de primavera se convierte en esa evangelización visual que es la Semana Santa. Una cofradía no es un mero tránsito de cofrades, ni una hermandad, un censo de seguidores. Ni una procesión es una simple puesta en escena entre rimbombantes estímulos para los sentidos. Si en el trasfondo de esta conjunción societaria existe una real convicción de su trabajo para la consecución de los fines de cada hermandad, el despliegue sobre el pavimento de la ciudad de tramos y tramos de cofrades, será pues, fiel reflejo de la dedicación anual, el compromiso con unos valores a través de la laboriosa tarea de plasmar la vida diaria de hermandad en una procesión de varias horas.

 ¿Tiene alma una hermandad? Puede. Si el alma es esa parte inmaterial del colectivo. Si el cuerpo de una hermandad es sus hermanos articulados en esa sencilla estructura interna que promulgan estatutos y reglamentos, el alma, con una perspectiva platónica, está encerrada en ese cuerpo y es inmortal. El alma en el cristianismo hereda esta perspectiva, y en las hermandades es el lazo que pone en comunión a sus hermanos. La hermandad son sus hermanos y el alma de ésta, la parte inmaterial que vincula la actividad de los individuos como lazo inmortal. Desde la propia inconsciencia del colectivo se edifica el alma, cada individualidad, puesta en común, erige el alma de una hermandad. Hecha la hermandad cofradía, hecha la asociación de fieles despliegue visual como procesión, es obvio para la percepción del materialista el resultado visual, la plasticidad material y el mensaje primario que nos inocula cualquier cofradía que se precie.

Tiene, pues, el alma en una hermandad dos significados. Si aceptamos su existencia como reminiscencia atemporal de la actividad cofrade realizada en un período concreto de la historia actúa como identidad intangible. Tiene una perspectiva histórica, el alma es el recuerdo que la Sociedad conserva de la hermandad en ese período. Más allá, actúa como evocación de un colectivo que hizo hermandad en ese tiempo, en esa hermandad, ya sea evocación de un grupo con una acotación temporal muy recordada o, en la lejanía temporal, ante la debilidad de la memoria, se podría recordar en bloques generacionales, ya apuntaba Ortega y Gasset que las generaciones cambian cada quince años. Otro significado no pasa desapercibido a colación de esto, la transmisión de los valores que propugna la Semana Santa depende de este alma colectiva, de esta construcción inmaterial de todos los hermanos. Una cofradía desplegada por su itinerario es cuerpo representado y es alma que transmite. La Estación de Penitencia es, en definitiva, la simultaneidad de ambos aspectos, y volviendo al planteamiento platónico, a través del colorido gráfico y profundamente expresivo de la protestación pública de fe.

‘’El dolor dice: ¡pasa!; pero todo placer quiere eternidad, quiere profunda, profunda eternidad.’’ Un tanto lejos de la intención de Nietzsche con esta consigna, puede aplicarse a ese placer que es capaz de irradiar una cofradía, que es eterno. Y para que sea eterno debemos comprender la totalidad de la intención de las virtudes, casi siempre, difícilmente cognoscibles de una Estación de Penitencia. En primer lugar, y volviendo al inicio, no debemos dejar que pasen desapercibidos todos los estímulos que nos brinda una Estación de Penitencia. Como muchos fotógrafos saben, centrados en lo visual que nos ofrecen, al final de la jornada queda la sensación de haberse perdido otros aspectos de las cofradías.  Para llegar al alma de las cofradías, primero tenemos que hacer un ejercicio sensorial. Una oración a través del bamboleo de varales, ojos cerrados que oyen zapatillas en el mármol del umbral de la parroquia y huelen incienso dulce de ‘’pasopalio’’. El frío de la plata, el calor de la cera, el estruendo de la levantá y el sigilo del fagot. El vislumbrante tramo de ceras alzadas y el oscuro salón de trabajo que es un paso revestido de terciopelo. Para conocer el alma, también hay que conocer con todos los sentidos, con la vista que ve en conjunto, con el gusto del sudor costalero que resbala hasta los labios, con el tacto del ruán en el cuerpo, con el oído que percibe ese sonido de las cadenas turiferarias, con el olfato a maderas nobles, cera quemada y claveles húmedos. Todo ello nos hace conocer ese alma, porque en segundo lugar debemos saber que las hermandades son algo más de lo que somos capaces de ver.

Juan Pedro Mendoza Mejías

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