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LA CRUZ

17 octubre de 2018 / Eduardo González Gómez de la Mata

XI EXALTACIÓN A LA SANTA CRUZ, SANTÍSIMO CRISTO DEL AMOR

Y en el centro de nuestra fe está el Árbol Divino de la Cruz.

Esa cruz de ignominia se convierte en faro que por los caminos del mundo ha de alumbrar la expansión sublime del Cristianismo.

Esa cruz que es camino, estandarte y altar; camino recto y seguro, que dirige a la bienaventuranza eterna.

Y en ella ese Cristo, Príncipe de la Paz, que por salvarnos y redimirnos se hizo carne, habitó entre nosotros y se abrazó a ella sin aceptarla con resignación forzosa, y va a morir en el momento supremo del drama, la substancia del dogma, la entraña de la fe. Se hace patente la razón de cruz, que cruz es desde el llanto al nacer, hasta la última lágrima, y Cruz- digámoslo bien fuerte- para luego RESUCITAR.

Quiero subrayarlo: Vera-Cruz. Cruz para que el nazareno la tome: “Toma tu cruz y sígueme” porque lo principal, en la vivencia de la fe cristiana, es la salvación realizada por la cruz de Cristo.

Porque Él es nuestra paz; él nos ha reconciliado con Dios y con toda la humanidad por medio de la cruz, dando en sí mismo la muerte a la Enemistad. Bien claro lo dijo el clásico:

Santidad y Cruz es una:

No hay Cruz que no tenga santo,

Ni santo sin Cruz alguna.

Porque la cruz se toma y abraza, que a la cruz se va; que a la cruz se sube; que en la cruz se está; que en la cruz se muere; que de la cruz se baja; y de la cruz se resucita. 

Vera Cruz de Cristo, el dolor primario, visperal. Significación crucífera con valedores como el humilde San Francisco, La Cruz de Santa Elena, la fe de Constantino, y un Papa, Paulo III, que previó el poder expiatorio de las Veras Cruces. La cruz verdadera a través del Santo Rosario ganada y merecida por el rodeo petitorio del coloquio de las avemarías.

Me duele ver que mi vida

Es fruto, Amor, de tu muerte.

Me duele tener que verte

Destruido en cada herida.

¡Déjame que te lo pida!

¡Mira que yo te lo digo,

Amor, sin otro testigo,

Que Tú mismo, en cruz abierto!

¡Quien pudiera, Cristo nuestro,

Crucificarse Contigo!

Pero esa muerte en la cruz es Su buen fin porque con ella nos sigue dando la vida, porque sus cinco llagas ya sólo serán un recuerdo de la pasión y se quede entre nosotros al estar presente en la Eucaristía. Tan vivo como estuvo en las entrañas de la Virgen María, Madre del Sagrario Eterno, que le dio la carne de su carne y la sangre de su sangre.

Los crucificados concentran en su figura aislada, sobre la escueta cumbre de la redención, el amor de nuestras almas, los que más nos atraen con su fuerza de símbolo, los que más nos hacen pensar en ese misterio de la muerte divina, aurora de nuestra salvación.

La paz y el Amor están en la Cruz, donde Dios muere perdonando, suave, dulcemente, a lo sumo un estertor, y luego serenidad, sosiego como nuestro Cristo que llena de Amor la tarde del Viernes Santo.

Y a esa reconciliación sólo se llega por la cruz. Y a Él, en San Bernardo, lo vemos como alguien cercano con quien podemos conversar y hablarle frente a frente, ofreciéndole nuestras dudas. Por eso:

Lo miro en la cruz clavado,

Abandonado de Dios

Y un ruego: perdónanos

Se hace culpa en mi costado.

Lo negué y Él me ha salvado

De llenarme de vacío.

Por eso al sentirlos fríos

Manos y pies tan esclavos

Yo sé que en esos tres clavos algunos golpes son míos.

Pero al rezarte te nombro

Como siempre te nombré

Sin tener claro si es fe

Lo que me empuja a rezarte,

O saber que tengo parte en esa cruz, no lo sé.

Y Te hablo desde la desesperación

Porque lo necesito.

Si Tu eres el mismo Cristo

Y preguntaste a la altura

¿Qué hago si en mi noche oscura

Alguna cruz no resisto?

Y si por Tu amor existo

¿Cómo me voy a callar

si me acaban de clavar

una lanza en el costado

y por más que te he llamado

Tu no acabas de llegar?

Porque sí, porque soy parte de su obra

No puedo amarrarme la voz y callarme.

Si sé quién es, le exijo como el que es.

El hombre y el Cristo a solas, Jesús,

como tantas veces.

Yo me achico,

Tú te creces como la espuma de las olas.

Y ante Él la piadosa exigencia de quien lo necesita,

¿Por qué me has abandonado?

Preguntaste en tu agonía.

Hice tantas veces mía esa pregunta a tu lado.

El Dios que tengo en mí de cabecera

Vive pendiente de que yo me asombre,

De que le pida cuentas, que le nombre,

Le exija, le pregunte.

Y que le quiera.

Es ese Dios que entre los hombres labra

para sembrar a mano una palabra:

AMOR que le germine cada día.

El mismo que me llama y no contesto.

Siempre me encuentra con lo puesto,

Y al que sigo buscando todavía.

¿Y tú? Tú que no convives con esa desnudez suya.

Tú precisas de otra manera suya de acercarse…

Porque, Jesús sabe, que el hombre necesita

lo visible y cercano, lo tangible

Y para que se acerque a lo posible

Imágenes de Él le facilita.

Aquel Jesús de cruz y de calvario

El Nazareno aquel, el que decía

que por amor la pena merecía,

quizá no sea tu imagen de diario.

Pero El se va a la mano de las formas

Porque sabe que tú no te conformas

Si no lo ves, lo palpas, lo veneras

Y permite a la mano que lo talle

Y al pueblo que lo lleve por la calle,

Para que tú lo nombres como quieras.

Fragmento XI Exaltación al Santísimo Cristo del Amor

Eduardo J. González Gómez de la Mata

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