Cartel Semana Santa
2009

 
 
 
 

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SEVILLA MARCO DE LA PASIÓN
(El prodigio de la nueva Jerusalén)


Enrique Henares Ortega


ecesitaba un marco especial la celebración pasional y lo encontró aquí, en esta tierra.
Sí, en esta tierra, en esta bendita tierra que es nuestra sin igual Sevilla. ¿Cómo definir Sevilla?, ¿como un capricho del Río Grande?, ¿como una imagen creada por una incursión interior de la marinera brisa tartésica nacida en la desembocadura de ese padre río?, ¿como una conjunción de belleza y equilibrio que no olvidó alentar aventuras presintiendo la grandeza de otras tierras que siempre soñó allende los mares, mucho más en esa Sanlúcar de Barrameda que es como el apéndice de la propia ciudad?.

¡Qué imposible definición la de esta ciudad!. Yo la definiría como el capricho del río Betis, de un río que por caprichoso, a su vez, quiso partirla en dos, dejando a un lado la Sevilla interna y amurallada, encerrada en sus esencias, y al otro el arrabal de Triana que pretende ser el espíritu alegre de la ciudad.

Una ciudad que es flor. Una flor que parece salida del espíritu de los versos de Fernando de Rioja. Flor intocable y cambiante. Una flor duradera, una flor perenne que en cierto modo se apaga en la húmeda invernada. El invierno se unirá en un extraño hermanamiento, parecido a ese nuestro recital colegial de las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno, a esa primavera única de la ciudad.

El invierno, en ocasiones, con sus días grises, se nos habrá antojado casi del norte litoral. La humedad habrá calado en nuestros huesos con protesta de los mismos. Algún día el viento habrá sido molesto y el alma añorante de luz, se habrá sentido hundida. Parecerá que la ciudad definida por Montoto como flor, amante de la luz y la alegría, vitalista contra el viento y la marea de sus crisis endémicas y de la crisis generalizada, se  convirtiera en un ser polifacético pero profundamente depresivo en todos sus aspectos.

Y así las cosas, llegará el momento indescriptible. Milagro del cielo, en el que, sin un punto final en el recital colegial de las estaciones, el invierno que lo cierra se unirá indisolublemente, sin querer morir sino simplemente alcanzar la tranquilidad de la vejez, a esa primavera que lo abre como primera estación de siempre, origen del amor y de la vida, estación única y permanente de un paraíso terrenal que nunca se mancillará.

Habrá llegado el momento único en que Sevilla se habrá convertido en la ciudad reina del azul, de un azul de cielo imposible en la paleta del más genial de los pintores, desconocido del natural arco iris, de un azul tan propio y personalísimo que sólo podría definirse como azul Sevilla o azul primavera de Sevilla.

Los días parecen iguales pero diferentes, porque en cada uno surgirá un nuevo canto a la vida: ora romperá en blanco y perfume el naranjal del Palacio Arzobispal; ora nos llegará una bocanada cultual de incienso al pasar por la puerta de la más recóndita capilla; o se hará alegría de ese huerto cercano y claro, reducto de grandeza bien entendida y mejor respetada, recuerdo de infancia de poetas, donde comenzará a madurar el limonero lejos de la mantenida tristeza castellana que acabará contagiando una obra sin embargo excelsa, amada y comprendida, de ese Antonio que en el fondo nunca conoció a Sevilla.

Cerca, el jardín y huerto de Santa Paula se harán ese canto a la vida del que hablamos: luz, verde, trinar de las aves, clausura alegre, y el espíritu de Sor Cristina de Arteaga, tan cultural como conventual, proclamando que la clausura no es cárcel en la sin igual primavera de Sevilla.
La ciudad se ha convertido en nuestra prodigiosa nueva Jerusalén.

Marco espléndido desde un extremo a otro para hacer de los naranjos, olivos; del azahar, bálsamo; del incienso, oración; y de nosotros, los que soñamos, la esperanza que solamente hemos podido encontrar en una muerte que a veces no tiene explicación.
Marco especial que se necesitaba para que la Pasión fuera auténtica.

¡Qué difícil, ¿verdad Señor?, cargar con tu cruz en Sevilla!
¡Qué dolor, ¿verdad Señor?, morir en Sevilla. Por eso la Pasión no puede comprenderse como en Sevilla ni sin Sevilla. Porque se me antoja Sevilla como la ciudad del amor, que sin amor tampoco puede entenderse la Pasión.

Pregón de Semana Santa 2009 – Don Enrique Henares Ortega

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